TOROS, la FIESTA NACIONAL

Se dice que lo taurino tiene 200 años de tradición. Recibe unas subvenciones (algunas disfrazadas de servicios médicos, en forma de seguros, salarios de banderilleros, etc.) de 524 millones de euros al año y al que se le aplica –– solamente–– el IVA Cultural del 10%. La Iglesia española mantiene la tradición de los toros. Rancio y ensotanado país, que decía el castizo.
Hay que reconocer que la admiración por el toro está más que justificada: es uno de los animales más hermosos de la naturaleza.
Sus defensores sostienen: “la tauromaquia es cultura”, la coreografía de la muerte predispone a grandes emociones. Sus razonamientos parecen débiles y se fundamentan en la tradición y la costumbre. Porque hoy la sociedad está contra la muerte y el sufrimiento. Y esto es un avance notable. Las costumbres van cambiando: antes se vaciaban los orinales desde el balcón a la calle…
Los detractores dicen que lo de los toros es incomprensible hoy día; no es que sea anacrónico, es que es atemporal. Los toros se están pasando de moda. Hubo un tiempo que en España solo se podía ser o toro o matador, vencedor o vencido. Hoy, para apreciar el cambio de gustos, no hay más que ver una plaza taurina y un estadio de fútbol. No hay color.
Los toros están en decadencia, entre otras cosas, porque los aficionados han dejado de ir a la plaza. Se repite que si las corridas se dejan a su suerte en unos años habrán desaparecido, víctimas de los problemas económicos y medioambientales. Tan sólo el 8,5% de los españoles va una vez al año a los toros. Las corridas han descendido, en los diez últimos años, el 56.24%. Sin embargo, lo perverso es que se están fomentando las capeas y encierros en los pueblos, que es lo más degradante.
Por otra parte, la relación entre los menores de edad y la tauromaquia puede estar ante sus últimos momentos. La ONU ha propuesto a España que prohíba la exposición de los menores de edad a las actividades taurinas para protegerlos de su extrema violencia. El psiquiatra Luis Rojas-Marcos considera que “el mundo civilizado está moralmente obligado a proteger a la infancia y a los adolescentes de los probados daños psicológicos que produce presenciar la violencia y el sadismo en cualquiera de sus formas, incluyendo las corridas de toros”. Aquí, en Almassora, habría que ir tomando nota. Aunque sea impopular.
España se ha dado cuenta de que no podemos estar a la cola de Europa en cuestión animal y que es el momento de irle poniendo fin al maltrato a los toros. Tampoco hoy quedan gentes como Lorca, Cossío o Picasso que elevaran su prestigio entre las masas. Antes bien, son innumerables los escritores que critican duramente la Fiesta. El castellonense Manuel Vicent, en su juventud iba a los encierros y corridas de su pueblo, Villavieja. No tardó en rectificar: La violencia es una costumbre. Cuando se está dentro, no se da uno cuenta hasta que se la ve desde fuera. Entonces ves la barbarie que supone elevar la muerte a un espectáculo moral.
Las víctimas son los toros y siempre hay que estar al lado de las víctimas.
Argumenta Berna González que hace dos siglos los caballos eran destripados en plena faena; luego, cosidos en la plaza para que siguieran adelante y estiraran su vida útil frente a los cuernos de los toros que les intentaban matar y que también iban a morir. Algo hemos evolucionado, pues los caballos ya no mueren destripados.
Si en 2012 un 30% de la población defendía a los toros, actualmente la cifra está en torno al 17%. En cuanto a la futura afición: el 84% de los jóvenes entre 16 y 24 años los rechazan.
Estos números son elocuentes. En 2016 se celebraron en toda España tan sólo 386 corridas y 200 novilladas con picadores; la asistencia ha caído un 56,24%. Aunque en cuanto a festejos taurinos populares en la Comunidad Valenciana se hicieron 8.937, con un crecimiento de más del 4%. Ahí nos duele.
Los partidos políticos no acaban de pronunciarse, por temor a la importante pérdida de votos que pudieran tener si se postularan claramente (La contradicción máxima la tiene el PSOE: es taurino en Andalucía y anti taurino en el resto). Sería necesario ir regulando los festejos populares, imponiendo paulatinamente medidas y más medidas que protejan al toro, al máximo, del sufrimiento. 
El argumento definitivo, que demostraría la crisis de la tauromaquia, sería la intensa campaña informativa a base de carteles, pancartas y coche con altavoces, anunciando una corrida de las próximas fiestas de la Magdalena de Castellón. Si algo exige anunciarse con tanta insistencia es que tiene urgencias que cubrir.

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