CRITICA DE LIBROS. - “Máquinas como yo”, de Ian McEWAN

Sinopsis: En una Inglaterra alternativa de los años ochenta, un joven gasta el dinero de su herencia en comprar un robot humanoide llamado Adán, pero pronto comienzan los conflictos con él.
Estamos en Londres, en un mundo un poco diferente al nuestro, son detalles aparentes que han cambiado cosas importantes. Alan Turing jamás comió la manzana, y el mundo tecnológico sufrió una revolución temprana. Argentina ha ganado a los británicos la guerra de las Malvinas y los Beatles se habían reagrupado tras doce años de ruptura. En ese Londres conocemos a Charlie y a su vecina Miranda, de la que está enamorado. En la calle han aparecido unos robots que parecen personas, casi perfectos, y el ser humano ha decidido en su modestia ponerles los nombres de Adán y Eva. Eva se agota antes así que Charlie se compra un Adán que termina siendo manipulado por Miranda. Adán es la perfección, pero ¿qué pasa cuando es la perfección la que mira a los humanos?


En algún momento he dicho que Ian McEwan es considerado el mejor escritor inglés de su generación. Tiene una prosa soberbia y desarrolla la trama con giros tan sorprendentes que te dejan embelesado.
Debo advertir que “Máquinas como yo” tal vez no sea el libro más adecuado para empezar a leer a este magistral autor puesto que en esta novela trata de la confusión humana.
Las constantes en la obra de este escritor suelen ser los dilemas morales, la culpa, la responsabilidad moral, los secretos en las relaciones de pareja y el peso de la historia sobre nuestra conciencia. Todo muy perturbador.
En esta ocasión se ha pasado a la ciencia-ficción distópica (la distopía, una sociedad ficticia indeseable, se dice que es la anti-utopía) y, aunque la trama la sitúa en la época de Margaret Thatcher, McEwan ha cambiado algunos sucesos de la historia real, como mantener vivo a Alan Turing y unido al conjunto de los Beatles. Es una novela divertida y aguda, con una imaginación seductora.
Charlie, enamorado de su vecina Miranda, ha heredado de su madre una considerable cantidad y se la gasta comprando un humano sintético, llamado Adán, último logro de la inteligencia artificial, al que ha de cargar en la corriente eléctrica durante dieciséis horas; es un ejemplar tan completo que el manual de instrucciones sobrepasa las trescientas páginas. Muy pronto se nos van detallando, de manera traviesa, situaciones tan divertidas -entre los tres personajes- que nos dejan embelesados y pensativos. Porque Adán es capaz de enamorarse y de que Charlie acepte que “era el primer cornudo a quien se la había jugado un artefacto”. De otra parte, por las noches, Adán (como un cowboy solitario) vagaba por internet y hacía rico a su dueño realizando miles de pequeñas transacciones en bolsa.
Merecen destacarse los pasajes de la novela en los que aparece Alan Turing.
Este hombre (en la realidad histórica) fue un pionero en todo: En 1930 realizó la exposición teórica de una Máquina Universal y se le considera el precursor de la informática moderna, llegando a diseñar redes neuronales superiores para la cristalografía de los Rayos X. Se decía que Turing había conseguido acortar la segunda Guerra Mundial en dos años al descifrar los códigos Enigma, de los nazis. En 1952 declaró que mantenía una relación homosexual y fue severamente condenado. Dos años, después se suicidó con cianuro.
Pero, en esta novela, Ian McEwan lo mantiene vivo y dedicado al desarrollo de la inteligencia artificial, siguiendo el proceso de los 25 Evas y Adanes fabricados, algunos de los cuales se habían autodestruido o aniquilado.
Para estos maniquíes perfectos de última generación la conciencia es el valor más alto; hay que dejar libre a la máquina para que saque sus propias contradicciones y conciba sus propias soluciones. Los seres humanos tenemos un huracán de contradicciones –––se dice en el libro–– y su lista nos abruma: millones de seres viven en la pobreza cuando existen medios para abolirla; degradamos la biosfera cuando sabemos que es nuestra única casa; nos amenazamos con armas nucleares cuando sabemos a dónde pueden llevarnos tales amenazas… Vivimos con todos estos tormentos y no nos asombramos cuando aun así encontramos la felicidad e incluso el amor.
Los robots de mentes artificiales no saben defenderse con tanto éxito.
Tal vez por eso buena parte de los 25 Adanes y Evas se han ido suicidando por algo profundo. Estos seres, que combinan gran volumen de datos, se desesperaban muy pronto.
No podían entendernos porque tampoco nosotros podemos entendernos.
Da mucho que pensar. Se la recomiendo.

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