Perplejidad

 Juan Carlos I tiene una deuda con Hacienda de medio millón de euros. Su abogado ha anunciado (el día que se celebra el 42 aniversario de la Constitución) que el ex monarca abonará esa cantidad defraudada, más los interesas de demora y los de fuera de plazo.

Como el delito fiscal es el único delito que puede eludirse con la confesión y pago del daño, el rey emérito se librará no sólo del delito fiscal sino también del de “blanqueo de capitales”.

Juan Carlos devuelve una minucia, la calderilla, para librarse de una condena de hasta seis años de prisión. Pero lo hace sin arrepentimiento alguno porque el ex monarca ignora la cantidad principal que recibió de sus amigos saudíes. El asunto de sus tarjetas black ocurrió después de la abdicación; pero cuando los 65 millones “donados” por la dictadura saudí todavía era rey y estaba blindado para responder de esa apropiación.

Naturalmente en el ánimo de todos sus antiguos súbditos nos queda el desasosegante impacto de que el ex Jefe del estado reconozca que no ha cumplido con sus deberes cívicos.

¿De todos? No, desgraciadamente. El PP y Vox, los adalides de la crispación y el enfrentamiento, han alabado la figura de Juan Carlos. Y su legado. Tiene narices.

Los reiterados escándalos de la corona, que los medios de difusión han venido desvelando, han puesto en entredicho a la institución monárquica hasta límites desconocidos. Y nos abochorna.

Su hijo y sucesor, Felipe VI, no se da por aludido.

Un silencio atronador.

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