CRITICA DE LIBROS: “Berlanga”, de Miguel Ángel Villena

Acaba de publicarse la estupenda reconstrucción, de la vida y la cinematografía, del cineasta valenciano, que ha escrito Miguel Ángel Villena.

Luis García-Berlanga Nació en 1921 en la ciudad de Valencia en una familia de terratenientes agrícolas por parte paterna y de comerciantes por parte materna.

Se nutrió de esa Valencia de Blasco Ibáñez, fanfarrona y hedonista, autosatisfecha, con una huerta que producía tres cosechas al año, genial, pero inconstante, amante de los placeres, fenicia y tramposa, alegre y trágica a la vez.

Anarquista, burgués y erotómano; talento y lucidez, independiente, disidente, testigo de su época. Despreocupado y con tendencia a fabular, irreverente y profundo despreciador de la política convencional. Irrepetible.

“El cine, sueño inexplicable”.

Es un libro imprescindible para cinéfilos y para todos los amantes de la lectura.

Estudió en los Jesuitas de Valencia; era un chaval gamberro e irreverente, mimado en su casa y enemigo de la férrea disciplina de los curas de San Ignacio. Al terminar la guerra, el padre de Luis García-Berlanga estaba preso. Con la convicción de que ayudaría a liberarlo, se enroló en la División Azul y estuvo en el frente ruso.

Más tarde se matriculó en el Instituto de Artes y Experiencias cinematográficas, recién fundado en Madrid, donde conoció a Bardem, del que se hizo amigo desde el primer momento. Eran dos enamorados del cine, pero Bardem era militante comunista, disciplinado, austero y enamorado de los esquemas dramáticos del neorrealismo italiano. Berlanga nunca se enroló en la política; era un bon vivant partidario de reflejar la sociedad española en clave de caricatura y sainete. Y mala leche. Su maestría se debía a que era como una esponja, que se empapaba del entorno y lo llevaba a su cine. El primer trabajo de ambos sería “Esa pareja feliz”.

 

Pero el primer éxito sería “Bienvenido, Míster Marshall”, que sacó a relucir las diferencias entre ambos cineastas. Al final, Berlanga impuso su cine coral, donde desfilan labradores, sirvientas, curas, tenderos, señoritos o revolucionarios en un ambiente donde el sexo y el dinero marcan las reglas del juego. Se introduce en el mundo de los perdedores y huye del personaje ganador. En su filmografía el fracaso se instala definitivamente y no deja atisbo a la esperanza.

La película sí tuvo éxito y es una referencia inolvidable. “Bienvenido…”, que estaba pensada para el lanzamiento de Lolita Sevilla, se convirtió en una parodia sobre la actitud de Estados Unidos y una caricatura de los propios españoles. En la cinta figuran con fuerza los dos géneros que más caracterizaban al cine español: la comedia y el musical folclórico.

Más tarde, Berlanga conocería a Rafael Azcona, amigo y compañero inseparable de sus mayores éxitos. Azcona era escritor y guionista. Berlanga dijo de él: Yo creo que, excepto en nuestra afición a pasarnos las horas hablando, no coincidíamos en nada. A pesar de lo cual hicieron “Plácido”, “El Verdugo”, “Tamaño natural”, “La escopeta nacional” y “La Vaquilla”. Retrataron como nadie las miserias, defectos y anhelos de la sociedad española de la segunda mitad del siglo XX, en una genial caricatura colectiva.

Hay una clara visión de los hombres (los varones) en el cine berlanguiano: 1) las clases dirigentes, imbéciles, rijosas y sinvergüenzas y 2) los pobres, ingenuos, honrados, serviles y tal vez pícaros; siempre terminan peor de lo que empezaron.

 

“Plácido” es una obra maestra. Denuncia la falsa caridad cristiana y es una crítica demoledora de la incomunicación, la incapacidad de las personas para escuchar al otro. Y lo curioso es que esta crítica la hace desde el bullicio. Por cierto, este bullicio coral le privó de mayor éxito mundial por la dificultad de subtitular y doblar a otros idiomas ese descomunal coro de voces.

El final de la película, un abatimiento devastador. En él se muestra más que nunca el Berlanga irreverente y descreído. La Iglesia se había preocupado de promulgar una moral ambigua e inexistente, que terminó por desembocar en una práctica espiritual decadente y terminal.

El Verdugo”. Dos hombres caminan compungidos y vacilantes a lo largo de una inmensa nave desnuda de paredes blancas. En cada uno de los corrillos arrastran a un individuo abatido y resignado a su inevitable destino. Uno, será ajusticiado a garrote vil el otro será el verdugo encargado de que se cumpla la pena de muerte.

En estas dos peliculazas se hace patente la inútil lucha del individuo contra el sistema y las circunstancias sociales; el precio a pagar en la lucha por una vida mejor de la gente humilde.

La película es el mayor alegato contra la pena de muerte que ha dado el cine. Está patente el Humor negro: distraer a la muerte con la risa o la sonrisa. Personalmente, me parece la mejor de la historia del cine español.

En el Régimen levantó ampollas y causó algunos ceses. Franco se indignó: “Berlanga no es un comunista; es mucho peor, es un mal español”.

 

“La Vaquilla”. Es una desmitificación saludable de la Guerra Civil; una visión irónica y lúcida, tierna y corrosiva, trágica y cómica. Dice Manuel Vicent que Berlanga, valenciano, se aprovecha de lo más creativo que tiene Valencia, que es el CAOS. Su estilo apela al vitalismo, exprimir el presente como si fuera el último de nuestra vida.

Les invito a que disfruten con este libro.

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