CRÍTICA DE LIBROS: “Verano indio”

 De dos maestros del cómic:

Hugo Pratt, autor magistral del noveno arte. Un tipo encantador y caballeroso (tenía como favoritos nada menos que a los escritores Jorge Luis Borges, Joseph Conrad, Fenimore Cooper, Herman Melville y Jack London), realizó 29 historias sobre Corto Maltés ––el fabuloso personaje hijo de una gitana sevillana y de un marinero inglés, de Cornualles––, 50 álbumes sobre otros temas, innumerables libros ilustrados, siete novelas y varias portadas de discos. Su trazo de pincel era “espontáneo, pesado y vigoroso como si solamente necesitara las líneas básicas para su estructura e incluso, a veces, ni siquiera eso”. En algunas ocasiones, como la que nos ocupa, escribió guiones llenos de lirismo para otros dibujantes, concediendo libertad absoluta a sus colegas de profesión para que ilustrasen a su manera el argumento que les tendía. Es el guionista de este cómic.

Milo Manara, maestro indiscutible del cómic erótico, un obseso de la bella figura. Parece un voyeur exagerado, muy en sintonía con Luis Buñuel y Federico Fellini. En sus dibujos siempre está presente la sexualidad femenina. Manara se fija en la pasión que provocan sus bellas protagonistas hasta el punto de que hoy seguramente provoca ampollas, en corros feministas, por su violencia y atrevimiento. En “Verano indio” es más un esteta evocador que un crítico. Es el maestro de las sugerencias y la violencia del hombre sobre la mujer. Es el dibujante de verano indio.

Al parecer, el verano indio es un corto período de tiempo bueno, durante el otoño; algo así como nuestro “veranillo de San Martín”. Parece que, a causa del calor impropio de la estación, la sangre de los jóvenes se altera y provoca sucesos que nos narran al inicio.

El álbum que lleva este título se ambienta en la Norteamérica del siglo XVII, donde los colonos han ido transformando el nuevo mundo a imagen y semejanza de Europa. Hay roces fronterizos y cualquier cambio (en este caso, climático) puede hacer estallar la pasión y el enfrentamiento racial entre emigrantes y nativos.

 A destacar, el estupendo arranque: una decena de páginas dibujadas espléndidamente y sin una palabra impresa, en las que se adivinan el roce de los cuerpos al chocar, el estallido de las armas o las alas de las gaviotas, gracias al talento de Milo Manara.

La enrevesada historia que nos cuentan está cargada de relaciones incestuosas de los puritanos norteamericanos del XVII. Es un mundo cargado de atrocidades y de pasiones. En el relato no hay una postura maniquea de blancos buenos contra indios. Los indios no se mueven por maldad sino por sus tradiciones de honor y de venganza.

Por otro lado, está el mundo falso y podrido del reverendo Jack y los colonos. La guerra, como siempre, es un desastre.

Pratt, habitualmente se ha sentido atraído por los folletines, que son una constante en su trayectoria. Verano indio destaca esas características típicas de intenso ritmo, simplicidad psicológica y excesiva temática amorosa.

Sensual y violento, este cómic es una obra estimable de los dos grandes artistas, de los que me siento un fervoroso admirador.


 

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