CRÍTICA DE LIBROS. - “La muerte de Erika Knapp”, de Luca D’Andrea

SINOPSIS de la Editorial Alfaguara: Tony Carcano lleva una vida aislada y monótona, en la que las únicas emociones que experimenta son las que describe en sus propios libros, unas novelas de amor que desde hace tiempo le proporcionan éxito y bienestar. Sin embargo, Sibylle, una veinteañera imprudente y encantadora, irrumpe en su vida con una antigua foto que lo retrata joven y sonriente junto al cadáver de una mujer: Erika Knapp.

Tony se ve obligado a retomar los hilos de una historia que durante mucho tiempo quiso dejar atrás. Junto a Sibylle, tendrá que volver a adentrarse en las sombras del pequeño pueblo tirolés de Kreuzwirt, donde se esconde un misterio hecho de mentiras, violencia, locura y codicia. Este thriller, de una potencia avasalladora y un ritmo diabólico, hará resurgir un secreto oculto durante más de veinte años abriendo de par en par las compuertas del infierno.

 Hace un par de años critiqué “La sustancia del mal”, de este mismo autor. Entonces, dije de aquél libro: Esta poderosa novela es la sorpresa del verano. Estamos ante un libro diferente. Su autor, el italiano Luca D’Andrea, con sólo 38 años, ya es el escritor más ansiado por los editores de todo el mundo. Es su primer relato (que ––dicen–– lo escribió en un mes)”. Y continuaba: “El autor va soltando pistas y sospechas con estupenda habilidad… Estos ingredientes, manejados con mucho talento, y las certeras descripciones hacen que no decaiga ni un instante la intriga, hasta el sorprendente desenlace final”. En pocas palabras: me gustó mucho.

Cuando supe que había publicado en España “La muerte de Erika Knapp” me volqué con voracidad a leerla. Las primeras páginas me sorprendieron por el lenguaje del narrador (“Hay gente que va a la cárcel y gente que me tiene a mí como abogado”, “un dolor de la hostia” … mucha sorna, ágiles alusiones a cacharros del cine o a famosos de la canción y empleo ––excesivo––de la malsonante “mierda”) y por el formato de los capítulos.

Sí, porque esta novela tiene 416 páginas, pero ¡noventa capítulos! Es decir, cada capítulo dura una media de tres páginas, contando las hojas en blanco entre ellos.

La corta duración de cada apartado le permitiría al autor ir tirando “una miga de pan” en el camino, capítulo a capítulo (al estilo esotérico de Stephen King, con el que se le compara cada vez más; aunque a D’Andrea le falte la inquietante imagen borrosa del americano) para conseguir su amenidad en la lectura.

Diré ya que ha bajado mucho la calidad, en relación con “La sustancia” …  No hay color. Salvada la buena impresión inicial, el lector percibe que la novela tiene demasiada fantasía, la narración se hace confusa y densa. No es una novela negra (género que reclama una imprescindible agilidad); se hace muy costoso seguir el hilo, en buena parte por la exagerada cantidad de nombres (alemanes muchos de ellos) que prodiga innecesariamente y que casi colapsan el relato, pues el sufrido lector pierde a menudo la referencia de los personajes.

Esta segunda novela contiene demasiadas digresiones ––introduciendo comentarios sobre música, literatura o historia––, perfectamente prescindibles; están fuera de lugar, entorpeciendo el normal desarrollo del relato. Este es un defecto de la literatura de ficción de nuestros días. Parece que el literato haya de tener la obligación de elaborar una novela que sobrepase las 400 páginas y escribirla cuanto antes, para aprovechar el éxito de la primera. Pero las prisas pueden resultar un serio paso atrás para el novelista. Una novela requiere tiempo, maduración y reposo. Este libro no lo ha tenido y se le nota demasiado.

Aunque el autor repita machaconamente que “hay tres criaturas demoníacas” eso no es suficiente para que el lector sienta otra cosa que cansancio. Los críticos de las editoriales no moderan las alabanzas; antes bien, suelen ser hiperbólicas, como vengo denunciando. Desde luego la trama de este libro no “abre las compuertas del infierno”, como sostienen en la sinopsis. Menos lobos.  El autor ha confesado recientemente su admiración por Arturo Pérez Reverte. Esta declaración me hace entender un poco más la política de exagerados elogios a medida que baja la calidad literaria. Como suele hacer la crítica de Alfaguara al padre de Alatriste.

El escenario de la novela es el Alto Adigio, al norte de Italia, en el pequeño pueblo de Kreuzwirt, con habitantes de origen alemán e italiano; D’Andrea no aprovecha esta circunstancia como era de desear.

Mi sugerencia: déjenla pasar de largo.

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