In memoriam

 Hoy, jueves 10 de junio, ha fallecido en Denia Tomás Llorens Serra, hijo predilecto de Almassora. Él conocía la gravedad de su enfermedad; pero “lo llevaba con dignidad y entereza, la verdad” ha dicho su hijo Boye. En estos momentos quiero comentar un poco mi relación con el amigo inteligente y humanista, siempre humilde.

 

Mi primer encuentro con Tomás fue en los años sesenta del pasado siglo (a mi llegada a Almassora, siendo yo novio de su prima Rosaura Serra). Poco después, conocí a Ana Peters, su mujer, que por entonces hacía decoraciones con aquél admirable gusto tan cálido y práctico. Desde el primer momento Ana y yo nos caímos muy bien; hubo sintonía y fomentamos una gran amistad y profundo cariño.

En su chalet de Paterna tenían el parvulario Tobías Kindergarten (era como “una pequeña isla donde jugar todo el día”). Muchas tardes pasábamos a recoger a nuestros dos hijos y tomar té con Ana y Tomás.  Aquellas charlas irrepetibles podían alargarse hasta las tantas, mientras sus críos y los nuestros jugaban felices, próximos a los adultos. La pareja eran anfitriones estupendos y, frecuentemente, podías encontrarte allí al arquitecto Emilio Giménez o a los del Equipo Crónica (Manolo Valdés y Rafael Solbes), al escultor Alfaro, al fotógrafo Jarque…

  Era una época de grandes protestas y revueltas estudiantiles contra el franquismo. Tomás era profesor de Estética y Teoría de la Arquitectura en la Politécnica de Valencia. Hasta que topó con el director Couchoud (y un grupo próximo al Opus Dei), que no le renovó el contrato por los antecedentes políticos.

La familia Llorens-Peters marchó a Inglaterra, hasta el nombramiento de Tomás como Director de Patrimonio Artístico de la flamante Generalitat socialista. Nunca perdimos el contacto y, en dos ocasiones, fuimos a visitarlos a su casa de Southsea; el viaje lo hacíamos en coche desde Valencia, por aquella fobia a volar que sufrí durante 27 años.

En los meses comprendidos desde su vuelta a Valencia, hasta que Ana pudo hacer el traslado a Denia (desde Portsmouth), Tomás vivió en el piso sexto, dos pisos más abajo de nuestra vivienda de toda la vida. Las noches que no tenía compromiso, subía a cenar.

Para ciertas cosas Tomás siempre ha sido entrañablemente despistado. A veces, nada más entrar en nuestra casa, se daba cuenta de que se había olvidado del tabaco y nos decía que bajaría a su piso a por él. Cinco minutos después a llamaba al timbre y nos volvía a soltar besos efusivos a todos, como si regresara de Australia. Esta anécdota se repetía cada dos por tres, causando la hilaridad de todos, incluido el propio Tomás.

Era frecuente que las dos familias pasásemos juntos el mes de agosto en Denia, disfrutando de su deliciosa compañía. Unos años que permanecen en mi recuerdo y el de mi familia.

Tomás Llorens, una de las personas más fascinantes que he conocido; un hombre exquisitamente educado, honesto y con una capacidad intelectual enciclopédica portentosa; un motor de arranque allá por donde ha pasado. La vida va a ser mucho más dura sin él. Adiós, amigo. Agustín Santos

 

Decía Bertolt Bretch:

 Hay hombres que luchan un día y son buenos;

hay otros que luchan muchos años y son muy buenos,

pero los hay que luchan toda la vida y esos son imprescindibles”.

Atardecer en Las Rotas, Denia, junio de 1995

(De Izda. a Dcha.: Ana Peters, Rosaura Serra y Tomás Llorens)




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