CRITICA DE LIBROS: “El huerto de Emerson”, de Luis Landero (234 páginas).

 Resumen Editorial:

Tras el éxito prolongado de Lluvia fina, Luis Landero retoma la memoria y las lecturas de su particular universo personal donde las dejó en El balcón en invierno. Y lo hace en este libro memorable, que vuelve a trenzar de manera magistral los recuerdos del niño en su pueblo de Extremadura, del adolescente recién llegado a Madrid o del joven que empieza a trabajar, con historias y escenas vividas en los libros con la misma pasión y avidez que en el mundo real. En El huerto de Emerson asoman personajes de un tiempo aún reciente, pero que parecen pertenecer a un ya lejano entonces, y tan llenos de vida como Pache y su boliche en medio de la nada, mujeres hiperactivas que sostienen a las familias como la abuela y la tía del narrador, hombres callados que de pronto revelan secretos asombrosos, o novios cándidos como Florentino y Cipriana y su enigmático cortejo al anochecer. A todos ellos Landero los convierte en pares de los protagonistas del Ulises, congéneres de los personajes de las novelas de Kafka o de Stendhal, y en acompañantes de las más brillantes reflexiones sobre escritura y creación en una mezcla única de humor y poesía, de evocación y encanto. Es difícil no sentirse transportado a un relato contado junto al fuego.

Dice Fernando Aramburu (el autor de “Patria”): De Luis Landero leería hasta la lista de la compra.

Y un servidor, también; mucho más después de disfrutar de los quince relatos que contiene el libro.

Landero se considera a sí mismo que no es especialista en nada, que ha sido un escritor que se ganaba la vida dando clases en sus horas libres. Dice que es lector, escritor y profesor, por ese orden. El profesor, a veces lee por obligación; el escritor y el lector, nunca. Confiesa que ha leído tanto que su memoria parece una leonera, una habitación desordenada de un niño.

El destino de mucha gente de su Extremadura natal era la muerte y el olvido. Un destino que ya estaba escrito, no mucho mejor que el reservado a la mula o al parral de la puerta bajo el cual se sentaba a veces. Por la noche cantaban furiosamente los grillos y las ranas. ¿Qué esperaban conseguir con sus cantos? ¿para qué tanto empeño?

Aquellas gentes comían en silencio o, como mucho, decían frases sin sustancia: Hay una gallina que no pone, por ahí anda un perro sin amo, hay que afilar las hoces… Apenas sabían bailar, ni nadar, ni contar chistes, ni habían montado en un tren ni visto el mar.

A fuer de sincero, ya no me acordaba de lo que este autor me hacía disfrutar con sus hermosos relatos. El “Huerto de Emerson” debe su título a un libro de la Colección Austral titulado “Ensayos escogidos” en el que el autor sentencia: “Aunque el ancho mundo esté lleno de oro, no le llegará ni un grano de trigo por otro conducto que por el del trabajo que dedique al trozo de terreno que le ha tocado cultivar”.

Hay unos pasajes en los que nos habla de Faulkner, Cervantes, Conrad, Stevenson o del Lazarillo y de los propios recuerdos de Landero lector; nos reproduce “una de las mejores frases que se hayan escrito nunca en castellano. Es de El Jarama, de Ferlosio, y dice así: Pasó detrás de ellos un hombre con un borrico cargado de cañas verdes de maíz, con sus hojas, que restregándose hacían un ruido fresco sobre el trote menudo. El arriero oscuro caminaba deprisa; miró a los brazos de Mely fugazmente y arreó chicheando con la boca, volviendo de súbito la cara hacia el camino y apretando la marcha.”

El noviazgo de Cipri y Floren es uno de los bellísimos relatos de Luis Landero, de lo mejor que se pueda escribir sobre un lugar y un modo de vida mansa y lenta, primitiva, que ya no existe. Describe cómo las cosas se van apagando al atardecer, los pájaros buscando acomodo en el árbol, el sapo, la salamandra, las culebras… cada cosa en su sitio.

Las descripciones de su niñez en aquel pueblo extremeño, sucintas ceremonias, palabras sentenciosas; cosas que explican una parte, aunque sea muy pequeña, del mundo y que me llevan a decir que Landero es, en castellano, uno de los mejores escritores vivos en este momento.

Tiene un tono costumbrista y nostálgico muy peculiar. No me resisto a contar una de las anécdotas que narra en este libro:

«En Madrid, hacia 1965, en la casa de Landero en el Barrio de la Prosperidad, un día llovió a mares y se empezó a inundar la casa. El sumidero de la terraza no podía tragar tanta agua como caía. El señor Bordas, un vecino alto, flaco, tieso como un palo, acudió junto con otros vecinos a la terraza. Uno, con acento campesino, dijo: “Hay que desatascar el sumidero que con la fusca se ha tupido”. El señor Bordas, que estaba tapando la puerta de acceso a la terraza, le reprendió: “No se dice tupido y menos aún tupío, y en cuanto a la fusca esa palabra no existe en castellano”.

Aunque la casa se inundaba, para el señor Bordas lo más urgente era encontrar las palabras adecuadas. Después de tomarse su tiempo dijo: “Es incorrecto. Se dice obstruido. Y en cuanto a la fusca usted lo que querrá decir es légamo, broza, residuos o simplemente suciedad, inmundicia”. Otra larga pausa y añadió: “El tragante del sumidero debe de estar obstruido por causa de la broza acumulada en él”. Y sólo entonces, les franqueó el paso».

Les apremio –con pasión– a la lectura veraniega con esta joya.  Agustín Santos

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