CRITICA DE LIBROS; “Los europeos”, de Orlando Figes. -

Sinopsis, de Cristina Manzano.- Hacia 1900 toda Europa leía los mismos libros, tocaba las mismas piezas musicales, reproducía para sus hogares los mismos cuadros y se embelesaba con las mismas óperas. A lo largo del siglo XIX, el ferrocarril fue diluyendo las fronteras y los tiempos, acercando artistas de todo tipo a públicos de todo el continente. Y las leyes del mercado abarataron ediciones, fomentaron las traducciones, inventaron los derechos de autor, impulsaron el fenómeno de los fans, popularizaron nuevos formatos de arte, música y literatura para llenar los salones de una nueva clase media ávida de estatus. El tren y el capitalismo fueron los pilares de una identidad cultural europea que acabó convirtiéndose en universal. Es lo que cuenta de manera magistral Orlando Figes en Los europeos. Quién iba a pensar que un ensayo sobre la historia económica de la cultura se leería como un best seller. Europa se volvió cosmopolita, pero su espíritu abierto se vio confrontado por las reacciones nacionalistas. Costó muchas décadas, y dos guerras devastadoras, recuperar parte de ese espíritu y restaurar los cimientos de una identidad europea que trasciende ya lo cultural.

Orlando Figes es un historiador británico ––nacionalizado alemán en 2017–– que, con este oportuno libro histórico, ha conseguido un éxito sobresaliente. El ejemplar propiamente dicho tiene 538 páginas y 130 más de notas e índices. Sin embargo, su lectura es muy amena. Nos cuenta “el apasionante nacimiento de la cultura compartida de nuestro continente a través de un maravilloso y extraño triángulo amoroso formado por el gran escritor ruso Iván Turguènev, la cantante española de ópera Pauline Viardot y su marido Louis Viardot, hispanista francés y gran experto en arte”.

Figes, con buen criterio, nos explica en la introducción algunas equivalencias de moneda del siglo XIX, para situarnos debidamente.

En las primeras tres cuartas partes de ese siglo nadie hablaba de la cultura europea; es a partir de 1870 cuando se comienza a sentir que “en todo el continente se leían los mismos libros, se reproducían los mismos cuadros y se tocaba la misma música en los hogares o en salas de conciertos”. Es decir, en el siglo XIX se estableció un canon europeo durante la era del ferrocarril y se pudo desarrollar una cultura de masas integrada en todo el continente. La base de la cultura actual, no de forma seccionada por estados o zonas geográficas, sino como un espacio de transferencias culturales, traducciones e intercambios a través de las fronteras de donde surgiría una cultura europea que distinguiría a Europa del resto del mundo.

En 1848, Rothschild inaugura el tren París-Bruselas (330kms.) iniciando los viajes por el extranjero; aunque su velocidad no solía sobrepasar los 30 kms. por hora, aquél trayecto suponía emplear 12 horas, cuatro veces menos que en los carruajes y diligencias. La inversión en ferrocarril representaba la cuarta parte del total de las inversiones públicas y privadas.  

El ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo, las farolas de gas, la luz eléctrica… fueron inventos de ese siglo. El ferrocarril era el símbolo del progreso industrial y la modernidad; el transporte tirado por caballos, el viejo mundo. Las mercancías, las personas, las cartas, las noticias y la información circularon con mucha más rapidez. En lo cultural, se desencadenó una revolución en la música, la literatura y el arte europeos.

Viardot-García, mezzosoprano española (de aspecto caballuno, pero de graciosa sonrisa) dijeron que era “espléndidamente fea” y también que era tan poco atractiva que llegaba a ser casi hermosa. Lo que da una idea del ingenio y la pasión existente entre los aficionados a la ópera; como la cantante tenía una voz primorosa, podían estar aplaudiéndola durante una hora. El zar de San Petersburgo le regaló unos pendientes de diamantes. A través de sus actuaciones en todas las salas de Europa, el autor nos va describiendo las sociedades y la vida cotidiana de esos países. De España ––como de pasada––, afirma que, en las primeras décadas del XIX, era una desconocida para Europa. El viaje por España, lento y dificultoso porque no había ferrocarriles (hasta l848) y pocas carreteras en buen estado. España era algo así como “un paisaje exótico en el desierto”.

Iván Turguènev, ”un joven ruso, terrateniente, buen cazador y mal poeta, hijo de una mala pécora” (que mandó a dos siervos suyos al  exilio penal de Siberia sólo porque no la saludaron de la manera adecuada) estuvo en la universidad de Berlín; Goethe le inició en la actividad literaria. Se enamoró perdidamente de Pauline Viardot, pero no fue correspondido, en principio. No se desanimó por ello; posteriormente, serían amantes.

Louis Viardot, experto en arte, sirve a Figes para describir la situación de la pintura contemporánea y la aparición de marchantes (algo novedoso) y galerías privadas; acabando con el monopolio de la Academia, que hasta entonces controlaba el mercado del arte.

Personalmente, he disfrutado muchísimo con este libro. Además de Turguènev, he descubierto innumerables anécdotas y elogios de Zola, Balzac, Flaubert, Dostoiesvki, Tolstoi, Hugo, Dumas, Voltaire, Rousseau, Stendhal, Proust, Goethe…

Es un libro, riguroso, ameno y actual. De imprescindible lectura.

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