CRITICA DE LIBROS: Un tributo a la tierra, de Joe Sacco

Sinopsis: Los denes han vivido en el valle del río Mackenzie desde tiempos inmemoriales. La tierra es el elemento central de su modo de vida y creen (como muchas otras culturas nativas) que son ellos los que pertenecen a la tierra y no al revés.

Pero los territorios del noroeste de Canadá también albergan importantes recursos minerales: petróleo, gas y diamantes. Con la minería llegaron las inversiones y el trabajo, pero también la tala de bosques, el fracking, los vertidos tóxicos y los oleoductos. Todo ello afectó al paisaje, así como también los modos de vida tradicional fueron deformados por un sistema educativo pernicioso, por un gobierno que se arrogó la propiedad de la tierra, por los estragos del alcohol y las deudas bancarias.

Ambientado en un escenario natural tan vasto y sublime que empequeñece la escala humana, Un tributo a la tierra da voz a una galería inédita de personajes: tramperos, jefes indígenas, activistas, sacerdotes... para narrar una historia fascinante sobre el dinero, su dependencia, la extinción de una cultura y la lucha por la supervivencia.

 De niño me apasionaron los tebeos y, posteriormente, el cómic.  Mi gran afición a la lectura se inició con ellos (Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del antifaz, El Jabato o Hazañas bélicas) y luego vinieron los estupendos Tintin, El teniente Blueberry (del gran Jean Giroud o Moebius), Corto Maltés… Para mí han sido un formidable medio de comunicación–– como novela gráfica o expresión artística–– sobre ilustraciones. Se considera al cómic el Noveno de las Bellas Artes (detrás del Cine y la Fotografía).

Joe Sacco es un periodista que emplea estas herramientas. Hace pocos meses se ha publicado la edición española de “Un tributo a la tierra”, en traducción de Carlos Mayor, en el que narra, dibuja y documenta la vida de las comunidades originarias de los territorios del noroeste de Canadá.

Es un asombroso documento histórico.

De este libro ha dicho A. Muñoz Molina: “Joe Sacco se recrea en lo tupido y lo virtuoso y hasta lo abigarrado del dibujo, una avariciosa inclinación a ocupar con pormenores todo el espacio disponible: pero la suya no es la vena caricaturesca y desquiciada del cómic underground, sino la entre festiva y documental de Pieter Brueghel (el Viejo), a quien ha señalado como un modelo. Una escena simple o complicada de Joe Sacco requiere una contemplación tan minuciosa como la de los cuadros de Brueghel, porque (igual que ellos) está llena de todos los pormenores inagotables de la vida real”.

Es un libro apabullante de 260 páginas (formato 20x29) que les recomiendo apasionadamente. En algunas hojas, una viñeta de un primer plano del autor (como en una especie de voz en off), aclara acontecimientos y va relatando entrevistas a muchos personajes reales, con detalles de la actividad cotidiana de los nativos y su enconada lucha para sobrevivir en el monte.

Nos explica la vida que llevaban. Se levantaban antes de amanecer para saludar al sol cuando salía y se acostaban pronto, para dejar que los espíritus hicieran su trabajo, que se visitaran y te visitaran a ti en tus sueños. En sólo cuatro o cinco días construían, por ejemplo, una gran barca. Nadie te decía “siéntate y escucha”. Se daba por hecho sin más. O “haz esto o haz lo otro”. Tienes que saber lo que toca. Cada uno sabe su trabajo. Mira lo que tiene que hacer y lo hace. Nadie te dice que hace frío (40 grados bajo cero); lo único que pensabas era que tenías que abrigarte más.

Y así, descubres que cada uno forma parte del círculo, que encajas en el círculo de esa comunidad.

Los territorios del Noroeste de Canadá tienen la superficie de Francia y España juntas, pero con una población de menos de 45.000 personas, que vivían sobre todo de la caza y la pesca. Sacco observa e investiga. En 1921, el Estado canadiense forzó sobre los nativos de esos territorios un tratado que los despojaba de su soberanía sobre la tierra y sobre los recursos formidables contenidos en ella.

En aviones de hélice vienen los agentes del Gobierno y los curas, que robarán a los niños de las comunidades indígenas para encerrarlos en internados en los que, por medio de castigos y abusos, se les despojará de su dignidad personal, de sus lazos familiares y tribales, de sus idiomas. Asombrosamente, ese programa del Gobierno canadiense y de las Iglesias (las protestantes y la católica) se mantuvo desde 1950 hasta mediados de los años noventa, dejando heridas íntimas y sociales que no se han curado todavía; aunque los gobiernos recientes hayan reconocido culpas y aprobado compensaciones para las víctimas.


A estas malas gentes se añadían las voraces empresas. El fracking (que es la extracción de petróleo y gas mediante inyección de agua, arena y productos químicos a presión altísima), proporcionaba trabajo, pero la mano de obra era foránea; además, destrozaba el bosque y el modo de vida de los aborígenes.

Con la política de enseñanza, se hizo un daño irreparable. Obligaron a los niños nativos a entrar en colegios de curas y monjas. Rapaban a cero a los niños y niñas, aunque el pelo era importantísimo para los aborígenes. No permitían que se vieran niños y niñas, aunque fuesen hermanos, y mucho menos que hablaran entre sí. Les quitaron el nombre y les asignaron un número, arrebatándoles la personalidad. No eran nada ni nadie ni nada en concreto. Les prohibieron hablar su idioma (la lengua del diablo) y sólo dejaban usar el inglés.

Rezaban continuamente y obligaban a los niños a que hicieran todo lo que iba contra ellos y sus costumbres. Los golpeaban sin explicar el motivo del castigo, haciéndoles creer que eran “unos inútiles que tienen que ser reconstruidos”.

La Doctrina del Descubrimiento fue la bula papal que “permitía a los gobiernos apropiarse tierras no habitadas por cristianos”.

Los abusos sexuales eran cotidianos; no sólo por parte del profesorado religioso sino también de los niños mayores. Algunos críos tuvieron la suerte de topar con profesores laicos.

Todos estos internados surgieron hacia 1850 y duraron unos 150 años sin que nadie entre los canadienses se los cuestionara. En el año 2008 el gobierno de Canadá pidió perdón formalmente, por “genocidio cultural”, y los indemnizó con una media de 91.000 dólares por cabeza. Como muchos de ellos no tenían dinero ––y estaban enganchados a la bebida–– se sintieron ricos y se gastaron esa cantidad en alcohol.

La nueva gente joven aborigen, comenzó a romper barreras. Ya no les valía el argumento, que tenían sus ascendientes, de rehusar lo que no se podía lograr. La tenaz lucha ecologista (y sus peculiares luchas internas) están minuciosamente narradas.

Así como los negros de Sudáfrica (en los años cuarenta) entendieron que la peor barrera para la liberación era el complejo de inferioridad, así también los nativos canadienses se convencieron de que no eran inferiores a sus colonizadores.

Un documento estremecedor.

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