CRITICA DE LIBROS: “El primer hombre”, de Albert Camus

SINOPSIS.- Ese hombre del título sería el padre del niño Jacques Cormery, protagonista de esta historia. Pero poco se sabrá de este padre emigrante, que murió en el frente durante la primera guerra mundial y que se había casado con una menorquina analfabeta y casi muda con la que apenas dispuso del tiempo necesario para tener dos hijos.

Los pobres no tienen historia, o tan sólo aquella que les otorgan las guerras y las revoluciones. El verdadero primer hombre es el hijo: sin padre, educado en un miserable barrio periférico de Argel por una abuela autoritaria, que le inflige castigos corporales ante una madre impotente, exhausta por su trabajo "en casas ajenas", ¿cómo y por qué caminos llegó ese niño indigente a convertirse en Premio Nobel de Literatura? El caso es que esta novela, que narra cómo el niño va haciéndose lentamente, construyéndose a sí mismo, tan diferente de lo que cabría esperar de él por sus orígenes; se nos aparece como la historia de la propia niñez de Albert. «El primer hombre», no es sólo la cruda y solitaria biografía de Camus, sino el retrato de una Argelia colonizada por Francia, y la exhausta descripción de las consecuencias últimas socioeconómicas y morales de la Gran Guerra, efectos todos ellos padecidos por cada uno de los personajes. En general, engancha y te hace sentir como un compañero más de la pandilla, ataviado con vestimentas raídas y grandes de talla, intentando, como si fuera una selva y se abriera camino con un afilado machete, confeccionar un rumbo entre una clase social que ni tiene Dios, ni Patria, ni pasado ni futuro: las clases populares a principios y mediados del siglo pasado. Una lectura didáctica, necesaria, enriquecedora, pero, sobre todo, un amplio mirador cuyas vistas son la infancia y juventud de Camus, el padre de una generación y una forma de hacer literatura.

El día 4 de enero de 1960, el coche Facel Vega (que conducía el editor Michel Gallimard) corría a gran velocidad por la Borgoña francesa. Se le reventó un neumático y, después de chocar contra varios árboles, el automóvil se partió en tres pedazos. El escritor Albert Camus murió en el acto; solamente tenía 46 años. Cinco días después, falleció el editor. La esposa y la hija de Gallimard, que iban en los asientos de atrás, salieron ilesas. Entre los restos del vehículo hallaron el manuscrito de “El primer hombre”, que el autor no había podido terminar de corregir.

Camus había jugado al fútbol como portero. De este deporte aprendió que “la pelota no viene nunca por donde uno espera que venga”. Como una premonición de su temprana muerte.

Su madre, debido a una enfermedad juvenil, apenas podía oír y era casi muda. Se vio obligada a marchar desde Mahón hasta Argel, donde se casó con un hombre cuatro años menor que ella; cuando su padre murió, el niño Albert tenía solamente dos años.

El primer hombre es un canto a los olvidados del mundo que no tienen un lugar en la historia; el que «camina en las noches de los años por la tierra del olvido». Aquel que, como Camus, tiene que «criarse sólo, sin padre, sin haber conocido nunca esos momentos en los que el padre llama al hijo cuando éste ha llegado a la edad de escuchar, para confiarle el secreto de la familia, o una antigua pena o experiencia de la vida, que tiene que «aprender solo, sin memoria y sin fe, crecer solo, en fuerza, en potencia, encontrar solos su moral y su verdad, nacer por fin como hombres para después nacer en un nacimiento más duro, el que consiste en nacer para los otros».

  Este libro es la biografía del niño Camus y el retrato de una Argelia colonizada por Francia. Los personajes sienten los efectos de la postguerra. Es una lectura didáctica, necesaria, enriquecedora, pero, sobre todo, un amplio mirador cuyas vistas son la niñez y juventud de Camus, “como si en la infancia de este niño estuviera todo lo que condujo a ser tan gran escritor”, el precursor de una generación y una forma de hacer literatura. En el año 1957, se le concedió el Premio Nobel.

Al niño Albert Camus sólo la bondad y el amor lo hicieron llorar, nunca el mal o la persecución. Y así sería durante toda su vida. Nos describe cómo (en su barrio de Argel), los chicos jugaban, iban al cine, montaban en los trenes o iban de caza con los perros. Es muy curioso el pasaje que describe al personaje “Gallofa”, un cazador de perros errantes con su lazo y carruaje. Narra las trastadas de los chicos, que no querían que el perrero se llevase a los perros sin collar.

Defensor convencido de la escuela laica, un profesor suyo (el señor Bernard), les hacía sentirse considerados como dignos de descubrir el mundo; les contaba su vida y la experiencia que había tenido con otros chicos que había conocido. El maestro era anticlerical, como muchos de sus colegas en el Colegio, pero nunca decía en clase una sola palabra contra la religión ni contra nada que podía ser objeto de una elección o convicción. Y, en cambio, condenaba con la mayor energía lo que no admitía discusión: el robo, la delación, la indelicadeza, la suciedad. Este profesor le consiguió una beca para que pudiera estudiar bachillerato en el Lycée de Argel.

Un niño no es nada por sí mismo, son sus padres quienes lo representan. Se define por ellos y por ellos es definido a los ojos del mundo. Al niño Albert nadie podía aconsejarlo.

Cuando cumplió quince años, pudo trabajar durante las vacaciones de verano, para ayudar económicamente a su humilde familia. El chico lo llevaba bien y cobraba unos 150 francos al mes. Pero lo que le hacía sufrir enormemente era que se veía obligado a mentir: si decía al contratador que únicamente iría a trabajar dos meses, hasta reanudar los estudios, no conseguía empleo. Su abuela le decía que los engañara, que les dijera que había dejado los estudios porque eran pobres y necesitaban el dinero. Pero cuando se avecinaba la apertura del nuevo curso y llegaba la hora de despedirse en el trabajo veraniego, pasaba los peores malos ratos, descolorido y apenado.

Es un libro de arrebatadora belleza.

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