CRÍTICA DE LIBROS: La hija del Este, de Clara Usón (445 páginas)

 Sinopsis de la Editorial:

Clara Usón consolida su prestigiosa trayectoria narrativa con La hija del Este, ambiciosa novela en la cual se armonizan la épica del relato de la locura bélica desatada en los Balcanes a finales del siglo XX, el intenso dramatismo en las trágicas consecuencias sufridas por los pueblos enfrentados y la desesperación personal de quien no puede soportar el peso de saber que su padre es un criminal de guerra. Hay, pues, en esta novela dos planos bien diferenciados en su desarrollo, progresivamente conectados en su convergencia final.

En su dimensión colectiva se imponen las personalidades históricas que han promovido los conflictos bélicos entre serbios, croatas y bosnios en las repúblicas independientes que sucedieron a la desmembración de Yugoslavia tras la muerte de Tito. Los personajes históricos que dominan el plano colectivo son tres: Slobodan Milosevic, presidente de la República de Serbia, Radovan Karadzic, presidente de la República Srpaska, y Ratko Mladic, coronel destacado en la guerra de Serbia con Croacia y ascendido a general del ejército serbio en la guerra contra Bosnia, donde su fanatismo y locura lo convirtieron en el sanguinario carnicero de Srebrenica, lugar de horror y muerte de miles de soldados y civiles indefensos, entre los cuales había hombres, mujeres, ancianos y niños bosnios, musulmanes y también serbios.

Este libro se me había escapado (editado en 2012), hasta que me lo recomendó Viti, mi perspicaz amiga. Es un trabajo fundamental para entender la locura bélica que se desató tras la muerte de Tito, en 1980. Tito era croata, ateo (no aceptaba más dios que él) y a su muerte renacieron las religiones. Se desechó el trato de camarada y se empleó el señor, señora, señorita. Había que despojarse del pasado comunista. Los Balcanes se convirtieron en un ciclón enloquecido. Un torbellino épico que nos devolvía a la más atroz Edad Media.

Hay que tener presente que en la Yugoslavia de Tito existían hasta 12 etnias (eslovenos, croatas, bosniacos, serbios-montenegrinos, checos-eslovacos, macedonios, búlgaros, albaneses, húngaros, griegos, italianos, turcos). Había, además, creencias irreconciliables en todas esas etnias: los católicos estaban contra los ortodoxos; los serbios eran edípicos; los eslovenos, avaros; los musulmanes-bosnios, cobardes, traicioneros y proclives al suicidio; los albanistas son terroristas; los croatas, degolladores; los eslovenos, separatistas (y muy tacaños); los bosnios, muyahidines fundamentalistas… Se decía: No éramos hermanos, ni siquiera primos: éramos enemigos.

Esta monserga meliflua no sólo se oía en Serbia. Los eslovenos, por su parte, se sentían limpios, ordenados y germánicos. Estaban hartos de los holgazanes serbios y de los demás balcánicos que eran ineficientes, imprevisibles y pendencieros (nada que ver con Eslovenia). La Guerra de Eslovenia duró 10 días y costó 70 muertes entre los dos bandos. En 1991 los parlamentos de las repúblicas de Eslovenia y Croacia aprobaron la secesión de Yugoslavia. ¡Al fin era independiente!

Pero Croacia, la más próspera de Yugoslavia, tuvo una guerra más larga e infinitamente más sangrienta; duró seis meses (o eso pareció, porque terminó cuatro años más tarde).

En este libro, en el plano individual, sobresale la figura de Ana Mladic, amada hija de Ratklo, criminal de guerra; en su cuidada evolución psicológica desde el amor y admiración hacia un padre cariñoso hasta el gradual descubrimiento del psicópata que llevó hasta el paroxismo su fanatismo destructor en Bosnia. La construcción de la novela sigue la alternancia de capítulos en los que se va distribuyendo la información en ambas vertientes, con una convergencia final muy lograda.

En los capítulos impares, tras un comienzo que anuncia la tragedia final, desarrolla la evolución de Ana desde su ingenuidad juvenil hasta su gradual descubrimiento de las atrocidades de su padre, sobre todo a partir de un viaje con otros amigos a Moscú.

Y a partir del capítulo 12, pasada la mitad de la novela, se inicia la convergencia de ambos planos, con progresivos hallazgos de Ana sobre los horrores de su padre y la revelación de Danilo Papo, hijo de judío muerto en Sarajevo y exiliado en Londres, como narrador de la novela en su plano colectivo e incluso de los capítulos centrados en Ana y su entorno; contados por un narrador omnisciente en tercera persona, que puede ser el mismo Danilo, pues, como dice al final, “quien esto escribe un día se tropezó con la noticia de la trágica muerte de Ana Mladic”.

 

En los capítulos pares la autora se ocupa de la historia. Todos llevan títulos que comienzan siempre con “Galería de héroes” y después el nombre del protagonista del capítulo. En rigurosa alternancia los capítulos pares ofrecen la narración biográfica de las fulgurantes carreras políticas de los nuevos dirigentes en las repúblicas balcánicas.

Es un acierto que la serie comience con el Príncipe Lazar porque ––con la presencia relevante de aquel rey medieval que luchó y perdió la batalla de Kosovo contra los turcos–– la novela se inflama con un aliento épico (y bárbaro) que luego descubre sus tonos más sombríos en sus herederos de finales del siglo XX, que son los tres criminales de guerra: Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic y Ratko Mladic. Estos militares, en una Yugoslavia en paz, jamás habrían llegado a general…


 Milosevic.Nació en Serbia, en 1941, de padre y madre montenegrinos. El Pequeño Lenin se graduó en Derecho y fue director de la Cámara de Comercio de Belgrado. Cara de bulldog y olfato de lebrel, olió que los vientos estaban cambiando. Se convirtió en un líder de serbianismo. En 1989 fue nombrado presidente de la República Serbia. Purgó a todos sus enemigos y rivales “Solo la unión salva a los serbios, todas las guerras se cuentan por victorias”. Aprendió de Göering (fundador de la Gestapo) que la gente no quiere ir a la guerra. Así que había que repetir que estaban siendo atacados, denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo que ponen al país en peligro. Siempre funciona. La Gran Serbia.

 

Karadzic. – Montenegrino, estudió en Sarajevo (la Jerusalén de occidente). Estudió medicina; quería hacerse millonario; durante dos años vivió en USA, aprendió inglés y poesía americana. Ingresó en el recién fundado Partido Demócrata Serbio, justo en el momento que empieza el drama de Bosnia- Herzegovina (con la mayor diversidad étnica de toda Yugoslavia), una falsa república, un invento de Tito, un error histórico.

En 1991 Karadzic sostenía:  Hay veinte mil serbios armados alrededor de Sarajevo. Morirán trescientos mil musulmanes. ¡Y a Europa le diremos que se vayan a tomar por culo y que no vuelva hasta que el trabajo esté terminado! Le gritaba a su comandante: ¡Mata a cualquier hijo de puta que se niegue a cumplir con su deber! Se le reprochaba: “Dios te castigará por matar inocentes”. Respondía: En la guerra no hay inocentes. Los paramilitares, por su cuenta, disparaban contra la población y se reían con el deleite de un niño que ha tirado un petardo y asustado a una chica.

 

Mladic.- En la guerra de Bosnia (1992-1995), el general Ratko Mladic comandó las tropas serbio-bosnias que masacraron a cerca de 8.000 hombres y niños bosnios musulmanes en la localidad de Srebrenica. Su intención era la de exterminar a los musulmanes de Bosnia, tras 44 meses de asedio en Sarajevo. (“¡Matadlos a todos! Dios reconocerá a los suyos”). En más de una población los bosnios tenían dos enemigos: por el flanco derecho, al ejército serbio y por el izquierdo al ejército croata; como una nuez en la boca de una tenaza.

La ONU había enviado tropas de apaciguamiento, con orden de no intervenir, pero se vieron obligados a bombardear a las tropas de Mladic. Mladic secuestró a 150 miembros de esta fuerza de paz y los ató a postes: “Si hacéis fuego, serán los primeros en caer”. No hubo más bombardeos.

La guerra terminó en octubre de 1995. Cuando la Federación de Bosnia-Herzegovina encargó la confección de la bandera, alguien formuló un ruego: “Diseñadla de tal forma que nadie esté dispuesto a morir por ella”.

Con este libro, la autora Clara Usón ha completado una excelente novela en la que se aprende mucho sobre la historia convulsa de los Balcanes y su conflictiva mezcla de religiones y etnias iluminadas por fanatismos nacionalistas, con esmerada integración de historia y ficción. Un trabajo imprescindible, que les recomiendo.

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